En un tiempo en el que la cultura jurídica presentaba evidentes lagunas, no debió parecer poca
cosa al extranjero Giovanni di
Lorenzo di Picardia, el hecho de verse acusado de homicidio siendo
totalmente ajeno a los hechos imputados. Debió gritar, suplicar, agitarse hasta
el espasmo; quizá pudo incluso dar sus razones, pero nada permitió anular la
sentencia de condena a muerte.
Debió interrumpir a
la fuerza su camino y anular su peregrinación al Rostro Santo de Lucca de
su lista de tareas pendientes, porque al ser encerrado en una oscura celda con
una sentencia firme de condena a
muerte sobre su cabeza, las opciones se
redujeron drásticamente. La justicia no debía ser muy lenta en el siglo XIV,
como demuestra el hecho de que en brevísimo tiempo fue expuesto en plaza
pública y entregado a las sabías atenciones del verdugo, y de su afilada
cuchilla (''mannaja''), instrumento propuesto para la separación de la cabeza de
su lugar natural. El verdugo levantó el brazo, manteniéndolo en el aire con la
mano firmemente alrededor de la empuñadura, tranquilo y seguro de sí mismo,
como serio profesional que era. No se conmovió (algunos roles no lo
consienten), a pesar de los gritos de aquel inocente venido de Francia,
en dirección a Lucca y obligado a permanecer por un tiempo en Pietralunga en contra de su voluntad. Se sabe que los últimos momentos de los condenados a
muerte son una tortura dentro de la tortura, interminables segundos durante los
cuales la vida discurre como una película, durante los cuales uno se arrepiente
de todos sus pecados, se pide perdón y aparece toda una serie de sensaciones
que aquéllos que han sufrido una condena a muerte no han tenido el tiempo
necesario para contarlas. Pero Giovanni di Lorenzo di Picardia, el francés que
se dirigía a Lucca, arrestado y condenado a muerte por haber asesinado a un
hombre, recibió una segunda oportunidad llegada inesperadamente de lo alto ya
que alguien o algo, que debe tener influencia hasta en temas jurídicos, giró el
filo de la ''mannaja'' mientras caía sobre su cuello, interrumpiendo
definitivamente la ejecución y manchando irrevocablemente el ''curriculum'' del
verdugo.
El evento se
recuerda en Pietralunga cada mes de agosto, cuando los Borghi y los Quartieri se desafían en un Torneo - Palio, empujando un pesado Biroccio (carro utilizado en el pasado para el transporte
de los condenados a muerte). El evento se rodea de un ambiente medieval con la
apertura de talleres tradicionales, tabernas y mesones.
A propósito, quien crea que el evento histórico es simplemente el fruto de la
fantasía de un bromista, puede examinar la carta autógrafa del Podestá de
Pietralunga, Branca de Branci, o la misma Mannaja protagonista del evento,
colocada en la Catedral di Lucca junto al Santo Rostro, donde
se deja ver.
Las vías de la
justicia son infinitas.
Appunti di viaggio
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